GRACIA 
ADUCE, el gallego, que se había levantado tarde y mal, como a eso de las dos de la tarde, y que además le dolía la cabeza. Afirma que al despertarse se tomó un par de limonadas y que a parte de eso no hizo nada interesante.
-Estar por casa -sostuvo -sentado en la terraza, con un vaso de limonada .
Hacía mucho calor. Y afirma que miraba las plantas. En el pulmón de manzana, sostiene, que había varias plantas y árboles que él veía desde su pequeño balcón que pretendía ser una terraza. Unos frangipanes, que subían hasta el tercer piso de su inmueble, una hiedra que cubría los muros de la casa baja de enfrente, rodeada de edificios altos, y que había un cedro del Líbano, imponente, detrás.
Afirma que el calor y la humedad de Buenos Aires, era pleno verano, hacían que se sintiese un poco sofocado y que además le dolía la cabeza. La noche anterior había estado de parranda, y como no se fue a dormir hasta las siete de la mañana, con más copas que una sota de bastos, cuando a eso de las nueve empezaron a oírse ruidos voraces, plañidos estridentes de taladradoras y golpes de martillo, que venían de algún piso cercano, se tapó con unos almohadones la cabeza, pero afirma que durmió muy mal.
Aduce, el gallego, que después de refrescarse con las limonadas, la vista de las plantas de su terraza y de ducharse, bajó en ascensor hasta el rellano. Se encontró con el portero, pero le dolía la cabeza y hacía mucho calor, por eso se limito a decirle de pasada, "Hola Luis", con un pie en la calle. Entonces comenzó a andar, camino del colectivo, buscando la sombra de los árboles.
Los arboles eran jacarandas, las mismas que habían hecho flores azules durante la primavera. Buenos Aires estaba lleno de jacarandas.
Gracia Festini tenía unos pechos fabulosos, no porque fueran grandes, sino porque eran bellos, y tenía unos lindos ojos claros, dentro de un intenso rostro de chica de sangre siciliana. La carne tibia y morena. Al gallego, además de lo visible, le gustaba mucho el acento, el acento argentino de esa chica, esa manera dulce de hablar que a él le parecía el colmo de la sensualidad. Hacía poco que había llegado a Buenos Aires y todavía le fascinaba el castellano de la chicas argentinas, que le sonaba, "relindo", precisamente. Por eso, cuando se imaginaba haciendo el amor con ella, el gallego le pedía en sueños, en lo más álgido del frenesí carnal, que ella le dijera "galletitas", porque le gustaba la lubricidad de esa palabra dicha a lo argentino.
-Galletitas, galletitas, galletitas... Vos querés gayetitas?
Y se subió al colectivo pensado en las galletitas, en Gracia Festini y en que le dolía menos la cabeza. Porque todo era cosa del calor, que le sugería esos pensamientos voluptuosos que le congestionaban la mente.
Mientras tanto, en algún lugar de Buenos Aires Gracia Festini se miraba el ombligo. Llevaba una falda corta y una camisa ajustada hasta arriba del ombligo, y por eso se le veían bien las piernas y el ombligo, y ella se miraba al espejo. Estaba morena porque había estado al sol la semana anterior, y se veía delgada y guapa. Sonreía y se miraba de frente y de lado, hasta que le envío un beso volador al espejo, soplado sobre la palma de su mano.
El gallego recorría la ciudad en el colectivo 65, con una mirada boba fija en el asiento de enfrente, y pensando en que le gustaría decirle a Gracia, después de la cena, en el momento oportuno, cuando ella dijese que no podía ser, que al fin y al cabo "Gracia, lo que han de comerse los gusanos, que lo disfruten los cristianos", porque las cosas bonitas debían compartirse, y ser usufructuadas, y que era asunto de gran egoísmo el no querer compartir su cuerpo. Porque él, el gallego, por su parte, se ponía a su plena disposición para compartir el suyo.
-Lo que han de comerse los gusanos, que lo
disfruten los cristianos -pensaba. Con la mirada boba sobre el
asiento de enfrente. No compartía la moral decimonónica ni de
Gracia ni de nadie. Sostenía, sin embargo, que él compartía la
moral del tríptico del Bosco, uno que vio en el museo del Prado
hacía años. Uno que representaba el paraíso terrenal como un
lugar en el que existían árboles exóticos y aves raras, bellos
remansos de agua y una multitud de mujeres desnudas. Un paraíso
de verdad, y no un lugar lleno de monjes y monjas vestidos de
hábito talar de lino grueso. Que sin duda podía ser un hermoso
paraíso espiritual, también, pero no a la altura de todos. Y
menos aún a la altura de quienes ni siquiera creían en la
existencia de ese tipo de lugares.
Mientras tanto Gracia Festini también tenía calor, mucho calor, y se pasaba las manos sobre las caderas para subir o bajarse la falda, cada cierto tiempo, mientras miraba el reloj. Llevaba un corpiño debajo de la camiseta ajustada, de encaje blanco y una leve pulsera en la muñeca. Miraba a su hermana pequeña con sus grandes ojos, descalzos de maquillaje, y su pelo castaño que le acariciaba los hombros.
-¿Cómo es, que estás tan nerviosa? -decía la hermana.
-Y, no sé.
-¡Hombres! -exclamó la hermana con tono grandilocuente, llevandose las manos a la cabeza.
Como había hablado desde la ingenuidad de sus nueve años, esa frase hizo sonreír a Gracia. "Ya verás, pendeja, cuando seas mujer", susurró.
-¿Y ahora que soy? -respondió con los brazos en jarras y un aire desafiante.
-Una nenita, eso eres, una insolente nenita de nueve años.
"¡Bah, mujeres!", repuso la hermana, mientras se giraba y se ponía a andar afectadamente, fingiendo el movimiento de caderas de una adulta.
Mientras tanto, aduce el gallego que seguía en el colectivo. Y que pensaba en el calor, en su dolor de cabeza y en los fabulosos pechos de Gracia Festini ¡Malditos gusanos!
-Esta fabulosa estilográfica junto con esta utilísima cinta métrica, ya sea para medir puertas, o para medir ventanas, complemento indispensable para el hogar, y la decoración, cuyo costo en cualquier comercio sería de 15 pesos, es de, escuchen bien: 5 pesos... Señoras, señores, examinen, sin compromiso de compra, esta fabulosa estilográfica y esta utilísima cinta métrica cuyo precio conjunto es de solo: 5 pesos.
Sostiene el gallego que había subido al colectivo uno de los clásicos vendedores ambulantes de los transportes públicos de Buenos Aires. Llevaba una bolsa de deporte cargada con la mercancía y declamaba su hábil perorata mercantil ante la indiferencia del público ya fuera sentado, o de pié y agarrado por su vida a las barras transversales del techo del colectivo, cuyo chófer, mordido por los delirios de la fórmula uno, pilotaba a una velocidad de espanto.
Buenos Aires, pensaba el gallego, tiene los mejores vendedores ambulantes del orbe, y los peores conductores del planeta.
En realidad la Argentina le parecía un país amable, lleno de vendedores de humo, de pesimistas inveterados y de chicas lindísimas. El todo revestido de ciertas dosis de melancolía. Sostiene, asimismo, que sentía afecto por ese país, un acrecentado afecto al que le dolían ciertas cosas que le parecían injustas.
Sin ir más lejos, pensaba con la mirada boba sobre el asiento de enfrente, a él, el mantenimiento de la virginidad hasta el matrimonio le parecía una costumbre, a esas alturas de siglo, tan primitiva cómo la ablación del clítoris en ciertos países africanos. Y es por eso, aduce, que tenía pensado decirle a Gracia que sus alardes de decencia victoriana, decimonónica, no eran sanos para el amor que él le dispensaba. Eso mismo, que eran tropiezos que obstaculizaban el desarrollo de su amor verdadero, espiritual, pero no herbívoro.
Afirma que pensaba: "¿Amor burgués? Qué
paradoja, no existe el amor burgués, no hay un amor verdadero
que pueda vivir sujeto a las exiguas leyes de la moral, de la
conveniencia, de la vida confortable. En su esencia misma, el
mito del amor es rebelde, y el amor es un mito. Lo demás son
componendas y aguachirles de gente a la que no le gusta
complicarse la vida. "Esta misma", "este
mismo", y a envejecer juntos bajo las misma sábanas, ella
depilandose el bigote en el baño, y él tirandose pedos para
calentar la cama ¿eso es amor? No, el amor es un mito, un mito
que exige ciertas transgresiones, y que llega a transgredir hasta
con la vida misma, como Romeo y Julieta, como los amantes de
Teruel, amores necrófilos, o sinceros y solitarios cómo los del
pastor que ama en secreto a la oveja Clarisa, esa bella coqueta
de los áureos mechones de lana.
Sostiene que andaba en estas filosofías divertidas cuando vio que se acercaba a la parada de su hembra victoriana. En esto, se fue hacia la puerta y oprimió el timbre sonoro. Al cabo de un rato y con el corazón fuera del pecho, por efecto de la inercia del último frenazo del colectivo, ya estaba en la calle. A dos cuadras vivía Gracia.
© Lucas Vicens Charbonneau