DE VUELTA

Ojos de brujo:

Ya de vuelta, en el aeropuerto internacional de Juarez, me encuentro con un personaje muy singular.

Me esperan 11 horas de avión hasta Londres, tiempo durante el cuál me estará prohibido fumar, y por eso busco algún lugar donde hacerlo por última vez antes de embarcar. Hay una cafetería, frente a las salas de espera, en la que sí que está permitido hacerlo. Me rasco los bolsillos y aún me quedan unos ocho pesos en monedas.

- ...Pues lo más barato que tenemos es el botellín de agua, y vale 12 pesos- me dice la camarera.

- No me traiga nada y le dejo los ocho pesos aquí sobre la mesa.

- Lo siento señor, pero para ocupar una mesa debe consumir algo.

- No tengo más que ocho pesos.

Con los ojos me señala hacia el fondo. Me levanto y voy hacia esa zona. Hay dos chicas rubias, altas, apoyadas sobre la pared sacando sus paquetes de tabaco, al lado veo a un tío sentado en una mesa con un botellín de agua.

La camarera me acompaña, pero al llegar le dice a las chicas que aquí no se puede fumar si no se consume. Como son extranjeras, probablemente alemanas, no entienden muy bien, y vencidas de antemano por esa idea prusiana de que las normas no se discuten: claudican enseguida. Enrojecen un tanto, se disculpan y se van. En la mano llevan monedas, pero no las suficientes para la dichosa agua.

Yo miro a la camarera e imploro.

Desde abajo, desde la mesa, escucho: "¿qué pasa, no se puede fumar?" (habla castellano, con acento francés).

Él tiene un botellín de agua. Hablo y me deja sentarme en su mesa, la camarera se va. Menos mal, algo que parecía simple, se estaba convirtiendo en una aventura desagradable.

Me he dado cuenta, y por eso se lo pregunto en francés: "¿eres francés?"

- Sí -me contesta. Y como tiene acento del sur adivino: "¿eres del sur?", en efecto, resulta ser de Niza.

Es pura charla de ascensor, mientras fumamos. El tío tenía perilla, el pelo corto y negro, unos ojos oscuros bastante insidiosos, una mirada profunda y directa. Habla de manera pausada, escuchándose. Hace dos años que está en México, ahora vuelve un mes a ver a su familia.

"¿Y en qué trabajas?" le pregunto. Primero me contestó que trabajaba en Guadalajara, pero no en qué. O sea que al cabo de otro rato de conversación de ascensor, se lo volví a preguntar "¿Y en qué trabajas exactamente?".

- Soy vidente.

A mi me hizo mucha gracia pero me contuve. El chaval, quitado que miraba a los ojos de manera un poco molesta y a veces hacía como que no entendía, para que le repitieses la frase más alto (aunque yo hablaba alto), era bastante normal. De unos treinta y pocos, y vestido de manera anodina, sin bola de cristal ni nada.

- Eres de Niza y trabajas de vidente en Guadalajara, México. Es... curioso.

- No es tan extraño.

- Es interesante por lo menos ¿Y es un trabajo difícil?.

- Es un trabajo para el que naces, supongo -Lapidario.

A pesar de que estuve intentándolo, no logré que se extendendiera más sobre lo de su don natural para la profecía y todas esas cosas. Al contrario, resultaba ser bastante más pragmático de lo esperado. Enseguida me contó que en este último año había entrado en el mundo "fresa" (de los pijos, acaudalados) de Guadalajara, y que ahora abría su consulta a gente muy influyente. Añadió que ya estaba muy posicionado y que se estaba haciendo de oro: "les couilles en or" (una expresión francesa que es muy gráfica). Siguió aclarándome que le encantaba México porque la gente era muy amable, y que en este país se podían hacer auténticas fortunas vendiendo casi cualquier cosa: bastaba con tener buenos contactos.

Me miraba mucho, y me miraba más mientras hablaba, fijamente, a los ojos. Por un momento sospeché que podía perder algo de aceite, pero luego fui entendiendo que era parte de su pose profesional: inquietar un tanto al interlocutor. No es difícil y debe de haber técnicas simples para conseguir eso: mirar fijamente, hablar pausadamente, y hacer como que no oyes bien para obligar al otro a repetirte las cosas.

Si bien me había topado con un personaje de novela fabuloso, al cabo de un rato de hablar con él me estaba poniendo a parir su miradita de brujo. Entonces me levanté, le agradecí su ayuda, y le deseé buen viaje.

Ya en el avión, con mis compañeras de asiento, comenté que era un tipo curioso, pero que no era para nada un lunático. Me pareció más bien un espabilado que, aprovechando que en México gustan mucho estas cosas de la videncia (el tarot y demás) estaba haciendo negocio. Imagino que le daría mayor empaque a su rollo videncial su marcado acento francés, y esa cierta afectación mañosa que se gastaba. Me imaginé los comentarios locales:

¿Sabes Pichuli? (Pichuli Martinez, de la beocia burguesía Guadalajareña, peluco rubio rizado de bote, pieles, joyas y faja) , hay un chico que es brujo, estupendo, es Fransssés, de Nisssa, sí... Pichu, sí, en la "Côte D'Azur" (dicho afectadamente en el idioma: Coote D'asuuure). Ves a verle y verás, que te eche un tarot.

De oro.

 

 

En el avión Duermo con dos chicas (menage a trois):

Solo de hecho, no de derecho... pero es bonito igual. Son dos Mexicanitas muy simpáticas que me encuentro nada más llegar a mi sitio. Yo tengo ventana y ellas, una, la suerte de estar a mi lado, y la otra, la relativa de no estar muy lejos, en tercera posición y pasillo.

Hablamos de todo un poco. Son de Guadalajara (mira por donde). Les pregunto, ¿es grande Guadalajara?

- No, solo unos ocho millones de habitantes -me contestan.

Vale tía, ocho millones, y además será verdad, y vamos a Londres que solo tiene siete millones y es lo más grande que tenemos en europa. América es otra cosa, en distancias y volúmenes.

Se van de viaje por Europa. Tienen pensado pasar un mes, ir sin rumbo, la mayor parte del tiempo recorriendo España. Recién acabaron sus estudios, una estudió relaciones internacionales y la otra comunicación. Cuando le pregunto a Gabriela, que es una chica guapa, tiene ojos de lista y habla inglés y un poco de francés, qué es lo que quiere hacer luego, de trabajo, me dice que le gustaría ser: "ama de casa ilustrada". Y eso tiene gracia.

Laura ha estudiado comunicación y ha hecho un corto que pasó en el festival de cine fantástico de Sitges (lo hizo con un chico español, de Irún que estaba de intercambio en Guadalajara). El corto tenía el siguiente guión: "Un español está en un pueblo de México el día de la independencia y sueña que viene una enfermera con 3 jeringuillas y le inocula las 3 enfermedades que trajeron los españoles: la gripe, la sífilis, y no sé cual otra (las ladillas, o algo así), bueno el caso es que se despierta del sueño empapado en sudor, se despereza, y se va al bar del pueblo. Entra y todo el mundo le mira, fijamente. Luego le persiguen, etcétera. Parecía interesante, para un corto, claro. Y hablamos luego de nuestras películas favoritas.

Y me alegran el viaje, que es bastante largo. 11 horas hasta Londres y luego yo 3 más hasta Valencia.

 

Mi hermanita:

Al volver a Valencia reencuentro a la mujer de mis sueños: ¡¡mi hermanita!!!

¡En una semana ha crecido! y claro, está cada día más guapa.

 

 

Mi hermanita con el gorro charro