
ANTES DE LLEGAR
SALGO para Varsovia vía Milán. Tengo una escala de seis horas y frente a la disyuntiva de pasarme toda la mañana en el aeropuerto de Malpensa cojo un tren y me voy al centro. La verdad es que Milán no es bonito, aunque sea próspero. Es tal vez la Italia industrial, pero no la eterna. La periferia se compone de edificios de los años 60, 70, cutres y feos. Pero el centro está bien. Es elegante.
Llego frente al Duomo y como me he comprado una cámara de fotos al salir, decido hacerme una foto frente a la catedral. "Yo estuve alli", ese es mi lema, y hasta donde se reduce mi interés por la fotografía turística. Le pido a un transeúnte que me la haga. Me acerco con la cámara pero el tío me dice: "no", mientras sigue su camino, muy ajetreado. "Benditos seamos, señor, aquellos que en nuestra sencillez, no tenemos los problemas que tienen ustedes, los creadores de riqueza".
Vuelvo a intentarlo. Mi mejor sonrisa se acerca al siguiente: ni me habla, pasa de largo dando un manotazo de desaprobación al aire. Muy amable, tendrá cosas que hacer ¿tal vez cosas que detesta para conseguir dinero que no necesita para comprar cosas que no quiere para impresionar a gente que odia? Tal vez.
A pesar de que sé que no es verdad, acepto momentáneamente que los milaneses son más asquerosos que un cucharon de mocos y encauzo mi buena voluntad hacia unas japonesas que se están haciendo fotos un poco más allá.
- "Prego", alcanzo a decir mientras me voy acercando.
Ellas se van corriendo.
Le saco una foto al maldito Duomo y sigo adelante. Cuanta desconfianza. Otra vez será.
Quitado ese pequeño contratiempo, la mañana se pasa agradablemente. Paseo dos veces bajo el pórtico de las Galerias Vittorio Emanuelle, y dos veces por la plaza del teatro de la Scala (me sorprende: porque desde fuera parece un teatro pequeño ¡pero es La Scala de Milán!). Circunvalo el Duomo y me meto dentro a hacer unas oraciones (por la salvación de mi alma). Le saco una foto a una presentadora de televisión que está presentando al aire libre, frente a una cámara, en la plaza, un programa que debe ser de videos musicales, porque ella va vestida muy moderna y gesticula afectadamente. El clic la distrae. Me mira. El staff técnico que anda tras la cámara me mira también, y yo me voy porque no tengo fe en esas miradas. "¡Qué pasa, una fotito a la niña, que no es para tanto!".
Me voy a un café y escribo unas postales: el boli se me queda sin tinta. Milán 1- Lucas 0. Me vuelvo a Malpensa con el tren.