EL MISTERIO DE LAS DOCE VÍRGENES, QUE SABÍAN, A ACEITE DE OLIVA.
EL SARGENTO de la guardia civil, Dionisio Ramírez, fumaba resignadamente con los pies apoyados sobre su mesa, cuando le vinieron con el cuento, de que mi sargento, que ahí fuera tenemos a un hombre que dice haber visto a las doce vírgenes.
-¿Va bebido?
-No mi sargento, no lo parece.
Por aquel entonces la guardia civil usaba tricornio, estaba armada con carabinas y patrullaba a pié. Era cuando apenas si existían los automóviles y la isla vivía aún de la agricultura y del contrabando de tabaco. El amo Joan, de Son Bouvent, tenía las manos encogidas y una mirada que no se correspondía con la situación, cuando le preguntó el sargento: "Buen hombre ¿ qué dice usted haber visto?"
-Vi, a las "dotze verges".
Era una leyenda muy antigua, que se remontaba al tiempo de los moros, o incluso, a antes. No es que la historia tuviera nada de especial. Era bastante simple: doce jóvenes vírgenes se paseaban, las noches de luna, recogiendo olivas. Si no se las molestaba, no ocurría nada. Esto era algo que se contaba, y que era así porque siempre había sido así. Sin ser verdad. Tan de siempre, como el remedio de frotar las puertas con ajo, los días en que soplase demasiado terrible, el viento de tramontana.
El sargento Dionisio Ramírez, que ni siquiera era de aquí, no creía en leyendas ni en pamplinas. Por no creer, no creía ni en la efectividad de su propio cuerpo armado en su lucha contra el contrabando.
-A ver buen hombre, y ¿ donde dice usted que las vio?
-Más allá del " puig des tords", en el olivar...
-¿Le robaron algo?
-No, nada.
-Pues entonces, esto no es cosa de la Guardia Civil.
No es que el sargento tuviera nada especial que hacer aquella mañana, en todo caso, cualquier cosa mejor que aquello. No le seducía en absoluto la idea de ir a comprobar personalmente, la imposibilidad de unos hechos que él tenía por imposibles sin moverse de su silla. Y que además, que la guardia civil no estaba para estas gaitas.
-Vaya a ver al cura.
-Ya fui.
-¿ Y?
-Me dijo que viniera a verles a ustedes.
-A nosotros. -El amo Joan tenía unos ojos claros que parecían infantiles, fuera de lugar en su rostro curtido por la edad y por el sol. Era un hombre humilde, que se había quitado el sombrero nada más entrar en el cuartelillo. Lo sostenía por las alas, apoyado contra su pecho, mientras miraba al sargento, que en este momento comprendía que no podía mandarlo simplemente al carajo. No tendría nada mejor que hacer:
-¡ Colom!
Colom llegó arrastrando los piés.
-... Sí, mi sargento.
-Me acompaña usted a este hombre a su olivar y me hace un informe de lo que allí vea, de lo que este señor le cuente, de lo que usted crea que pudiera haber ocurrido. Y me busca usted una explicación lógica a estos supuestos hechos... Si cree que existe alguna.
El informe que le remitió Colom, aquella misma tarde, era rocambolesco. Estaba redactado con una caligrafía aplicada, pero temblorosa, y en una mezcla de catalán y castellano. Parecía acordarle cierto crédito a la historia imposible del amo Joan, puesto que en él no se hallaba ninguna explicación lógica: "a la existencia de las pisotadas de unos peus femeninos vírgenes, impresos en la terra húmeda, del olivar situado mes allá del puig des tords".
Que había huellas, estaba claro. Pero mientras leía, el sargento Dionisio Ramírez, consciente de no tener a sus órdenes a auténticas lumbreras, empezó a rascarse la cabeza. Buscando el modo en el que el bueno de Colom habría sido capaz de determinar que las pisadas que había visto eran femeninas, no masculinas. Y del cómo habría podido adivinar que se trataba de pisadas de vírgenes.
El sargento puso los pies sobre la mesa y siguió leyendo. El informe indicaba que el amo Joan había huido despavorido al ver a las " dotze verges". Luego narraba al completo la leyenda: de cómo estas doncellas llamaban "al home" con unas voces muy dulces que lograban que se les acercase. Y de como, en cuanto una de ellas lo besaba, con unos labios que sabían a aceite de oliva, el hombre se iba convirtiendo en olivo, aquejado de tremendos dolores. Y de ahí venían las formas atormentadas e inexplicables de muchos de los olivos de la zona: formas que sin duda reflejaban, que en un tiempo, estos árboles, habían sido hombres. "Homes que fueron convertits en olivos, por el beso maligno de alguna de las dotze verges que fan gust a oli doliva".
-Mire usted, Colom, si este es el informe de un agente de la Guardia Civil, redactado con el objeto de ser presentado a un superior: ¡ que baje Dios y nos pille a todos confesados!
-Usted me dijo...
-Que le buscases una explicación lógica a los hechos, eso te dije yo... Oye, y dime ¿ En qué diferencias tú la pisada de una virgen, de la pisada de una puta? Pedazo de animal.
* * * * * * *
Había dormido mal aquella noche. Y por la mañana habían estado patrullando por las inmediaciones de la costa. Sabía que el contrabando llegaba por el mar y se guardaba allí mismo, en pequeñas cuevas recónditas, en espera de ser trasladado a través de la montaña hacia los centros de distribución. Estaba seguro de que tanto Colom, como Gutiérrez, conocían alguna de esas cuevas. Y le reventaba que se negasen a cumplir con su deber.
-Si sabéis donde lo guardan, debéis decirmelo.
-Nosotros no sabemos nada, mi sargento.
Cuando no puedes confiar ni en tu propia gente, te sientes terriblemente solo. Y así se sentía el sargento Dionisio Ramírez: terriblemente solo.
Desde su llegada, hacía unos meses, se había empeñado en acabar con la tradicional connivencia de la Guardia Civil y el contrabando de tabaco. Una connivencia tan tradicional, como necesaria. Había prohibido a sus hombres el aceptar los habituales sobornos y se obstinaba en perseguir a los contrabandistas como si fuesen terribles proscritos. Su insoportable integridad, de forastero que no entiende nada, era la que le había hecho enfrentarse con todos. Empezando por los poderosos jefes locales del contrabando y llegando hasta el último de los habitantes del pueblo, que a falta de algo mejor, aquí, quien más quien menos, entendía que esta era la única actividad posible capaz de traer algunos ingresos complementarios a la agricultura.
Patrullaban. Se dieron una vuelta por la playa. El mar batía violentamente contra las rocas. Luego volvieron hacia arriba, andando por un camino empedrado, que discurría a través de los campos de olivos y de algarrobos. Aquellos olivos, en verdad, tenían formas atormentadas e inexplicables. Algunos de ellos eran milenarios, le habían dicho. Cruzaron el torrente, y Colom se paró a recoger las moras que daba una inmensa zarza. Se le cayó el tricornio dentro, y se pasaron él y Gutiérrez, media hora para recuperarlo. El sargento se sentó en una roca, y miró aquel cielo infinitamente azul. "A pesar de todo, este es un sitio realmente hermoso", pensó.
Volvieron y comieron en la fonda, como cada día, unas sopas, densas, y un poco de vino. De vuelta, cuando estuvo sentado con los pies sobre la mesa, fumando resignadamente uno de aquellos cigarrillos nacionales que sabían a tabaco rancio, le fueron a decir, mi sargento, que aquí fuera tenemos a Don Damián Ripoll.
-¿ El farmacéutico?
-Sí, mi sargento.
-Carajo, pues que pase.
Don Damián Ripoll tenía la cara ancha, los ojos caídos y los labios gruesos. Olía a agua de colonia. El sargento, al verle entrar, se levantó e hizo un leve saludo militar. Don Damián se acercó a estrecharle la mano. Una vez sentado y mirándole fijamente, visiblemente molesto, se atrevió a decir: "Puede que esto que voy a contarle le parezca una insensatez, una niñería, incluso una broma", hizo una pausa, "pero puedo afirmarle que en ningún modo lo es". El sargento no supo qué responder, sino pedirle que continuara.
-Continúe - dijo.
-Bien. Pues resulta que tengo un olivar... heredado de familia y bastante descuidado por cierto, al que voy muy poco a menudo -volvió a hacer una pausa y señaló con el indice a través de la ventana- Esta situado en la ladera de la montaña. Detrás de este cerro, que nosotros aquí llamamos, como imagino que usted sabrá: el "Puig des tords".
- Sí, el "Puig des tords".
- Veo. -Don Damián Ripoll carraspeó- Bueno, pues ayer cerré la farmacia un poco antes de lo habitual. Debían ser las siete. Tenía la intención de pasarme por el olivar, al cual ya le dije que nunca voy. Iba a echarle una mirada a la cosecha de este año. Todavía no ha empezado la recolecta y me interesaba estimar el volumen, fiándome en un calculo aproximado, " a ojo" -dijo, señalandose uno- para evitar los problemas del año pasado en el que aparentemente y según mi encargado, en mi olivar apenas hubo cosecha. Apenas hubo cosecha -reiteró arqueando las cejas- .Cuando en los campos de alrededor se llenaban muchos sacos de oliva. Muchos.
- Entiendo.
- Seré breve. Estuve mirando y haciendo mis cálculos, lo cual me llevó bastante tiempo. Estaba con la cabeza en mis cosas, cuando empezó a sorprenderme la noche. Yo estaba solo. Salió una inmensa luna, clarísima, suficiente para iluminar el camino de vuelta. Y justo cuando decidí volver, vi algo, que le confieso, me ha tenido pensativo y sin apenas dormir durante toda esta noche... y esta mañana; justo antes de decidirme a venir a verle a usted. Don Damián Ripoll se quedo mirando el suelo, un buen rato. Hasta que dijo: "¿ Conoce usted la leyenda de las doce vírgenes?"
- Algo he oído -repuso el sargento, sorprendido.
- Pues yo, ayer por la noche: las vi.
- Las vio.
- Sí -hizo un silencio -.Pero no vengo a molestarle por este motivo ¿ qué puede hacer la Guardia Civil contra estas cosas?
El sargento lo miró con ojos de extrañeza, pero asintió: "Bueno, nosotros solo tenemos mando sobre lo... natural".
-Claro. Y se lo he contado porque no puedo contarselo a nadie de por aquí. Usted es forastero y recién llegado. Espero que sepa guardarme el secreto.
El sargento lo miró con ojos de asentimiento, y de molestia. Encendió un cigarrillo.
-Por supuesto -dijo entonces.
-Bueno... pues lo importante... lo que realmente he venido a denunciar es: ¡el robo continuado y sistemático al que se ve sometido mi olivar antes de ser cosechado! Por las noches, imagino.
-Veo - dijo soltando una bocanada de humo-, y ¿ pudiera ser su encargado, quien le roba?
-No quiero sospechar de nadie, puesto que no es mi oficio, aunque pudiera ser posible, tanto como pudiera no serlo.
-Entiendo -hubo un silencio- ¿ y a cuanto cree usted que ascendería el valor de la oliva robada?
-Según mis cálculos, con la experiencia de años anteriores, y dado el precio de la oliva de este año: posiblemente más de cuarenta duros.
- Son muchos duros.
- Mi campo es grande. Y evidentemente serían usted, y sus hombres, ampliamente recompensados... si encuentran al culpable.
El sargento respiró hondo antes de decir:
-Mire usted, nuestro trabajo es velar por el orden y recibimos un sueldo por ello. No se preocupe... no aceptamos dádivas ¿ Pondrá usted la denuncia?
Don Damián Ripoll puso cara de circunstancia y asintió con la cabeza.
-Entonces pase al lado para que el agente Gutiérrez tome nota de ella, que nosotros mañana mismo empezaremos las investigaciones.
-Investiguen por las noches... me roban las olivas por la noche.
-Por la noche. Veo.
* * * * * * *
La noche cubría el olivar. Brillaba una luna inmensa. Habían venido caminando, contornando el Puig des tords, y aunque se habían provisto de faroles de queroseno, la noche resultaba tan clara que ni siquiera los habían encendido. Estaban apostados en una posición elevada. Desde donde se dominaba la sucesión de bancales que componían el olivar. El sargento Dionisio Ramírez miró a sus hombres. Gutiérrez bebía un trago de anís, directamente de la botella.
-Vosotros podéis creeros, de verdad, que estos olivos en un tiempo fueran hombres.
Nadie dijo nada, hasta que respondió Colom: "Quizá no todos, mi sargento, pero mire usted por ejemplo aquel olivo de allí, ese. Ese pudiera haber sido un hombre, que se dejó besar por alguna de las dotze verges".
Gutiérrez tapó la botella de anís, mientras el sargento levantaba los ojos en espera de otra respuesta: "Yo también, mi sargento".
- Tú también te lo crees.
- Bueno, no lo sé de seguro, pero si la gente lo dice, pudiera ser.
La noche se fue haciendo fresca y húmeda. Colom y Gutiérrez se envolvieron con las mantas, mientras iban vaciando la botella de anís a base de tragos cortos pero frecuentes. Hablaban en voz baja. El sargento no dijo nada. Estuvo pensativo, hasta que se levantó para coger su manta. Los miró: "Haremos guardias de dos horas. Gutiérrez será el primero, luego va usted Colom, después me despertáis. Y dejad de beber de una vez". Volvió a recostarse, apoyado contra el tronco de un olivo.
Concilió un sueño incómodo, interrumpido y desagradable. Hacía frío. No pasó nada hasta que Colom vino a despertarle, tocandole el hombro y diciendole en voz baja: "Hay ruidos extraños, mi sargento".
- ¿ Qué es?
- No lo sé. Pero de ahí abajo vienen ruidos extraños.
- Ve a despertar a Gutiérrez.
El sargento Dionisio Ramírez se incorporó. Se oían ruidos, era cierto. Parecían voces humanas, a lo lejos. Fue hacia sus hombres y con un gesto les indicó que le siguieran. Descendieron caminando hacia la derecha, se pararon y escucharon. Un sonido de ramas. Siguieron bajando.
Y bajaron, hasta que las vieron. Eran doce figuras embozadas dentro de unas capas que parecían sacos, sentadas alrededor de un olivo. El sargento sintió frío. Gritó: "¡ Alto, a la Guardia Civil!"
Se oyó al mismo tiempo: "Dionisi Ramírez, vine amb nosotras".
- Josep Colom, vine amb nosotras.
- Ángel Gutiérrez, vine amb nosotras.
"Dionisi Ramírez, si eres home, ven amb mí". Volvió a decir al rato una voz de mujer, suave. Colom y Gutiérrez maldijeron su pánico, y sin dejar de chillar para no oír, salieron corriendo hacia arriba. El sargento se tapó los oídos y se fue andando. Mientras tanto, recitaba en voz alta, sin orden, los principales ríos peninsulares: " Tajo, Miño, Duero...".
* * * * * *
Don Damián Ripoll olía demasiado a colonia. "Mire usted, si quiere que le diga la verdad, se la voy a decir: sus olivas se las roban las doce vírgenes. Y le aconsejo no volver allí arriba por la noche. Si se estima la vida en algo".
- ¿ Es posible?
- ¡ Carajo! No lo es. Pero es así. Usted también las vio -dijo el sargento con convicción.
- Ya lo sé. Pero ¿ qué van a hacer ustedes?
- Nada.
Empezaron a hablar de otra cosa. Del tiempo, mientras Damián Ripoll intentaba ocultar su rostro de infinita satisfacción.
En cuanto se fue, el sargento Dionisio Ramírez miró por la ventana y esbozó una sonrisa. Luego se levantó, y mientras la abría, respiró el aire de finales del verano, de después de las tormentas. Cantaban unos pájaros, indistintos, y brillaba el sol, en una atmósfera tan transparente, que le hizo sentirse niño. A todo un guardia civil.
Sus hombres, en cambio, boqueaban de fatiga. "Gutiérrez, te veo cansado", le dijo.
-Mi sargento -respondió Gutiérrez- , es que aquello de ayer noche fue muy serio.
"Muy serio", el sargento sonrió, y ni Colom ni Gutiérrez alcanzaron a entender. Como no entendían, globalmente, el porqué andaba de tan buen humor. Que se había estado toda la tarde canturreando y gastando bromas. Incomprensibles. Después de haber vivido lo que habían vivido la noche anterior, que era materia de mucho espanto.
Después de cenar, el sargento se despidió de sus hombres. Habían bebido mucho vino durante la cena. Los había dejado con el anís, en la fonda, convencido de que no se atreverían a irse a dormir antes de muy entrada la noche. Con la dormidera de anís bien cogida. Él les dijo, no obstante, que tenía pensado salir.
- No vaya usted a hacer una locura, mi sargento.
- No os preocupéis por mí.
En cuanto se fue, tanto Colom como Gutiérrez se quedaron con la sensación de que jamás lo volverían a ver. Y fue después de un par de copas cuando a Colom se le escapó: " Tenía sus cosas, pero no era mal hombre".
El sargento Dionisio Ramírez había limpiado su carabina, cogido un farol de queroseno incluso sabiendo que no lo usaría, y mirado la hora. Salió por la ventana y en vez de cruzar el pueblo hizo un rodeo para no ser visto por nadie. La luna seguía muy grande, y veía perfectamente su camino. Como lo deberían de estar viendo ellos. Pasó por detrás del Puig des tords, y se paró junto a la senda que subía hacia la montaña. Se sentó junto a un olivo y esperó, más convencido que nunca, de que tenía razón.
No tardaron en aparecer. Venían cargados con los pesados fardos llenos de tabaco, jabón de olor y medias de seda. Iban en fila india y eran como unos veinte porteadores. Los dejó llegar, confiados, hablando en voz alta. No sospecharon nada.
Hasta que les salió de detrás del olivo y les apuntó con su carabina: "conque las "dotze verges" ¿eh?", dijo con una voz tan sólida que temblaron las ramas. Todos soltaron sus fardos, levantaron las manos y se le quedaron mirando atónitos.
- Pues dadme una caja entera de cigarrillos de estos... Que yo y mis hombres, ya estamos cansados de fumar tabaco rancio.
Lucas Vicens Charbonneau
Es Gurugú, Deià.