UN CAIMÁN DE CUATRO SIGLOS



 

LA calle de la Nave es una calle angosta, de casas viejas y no sé por qué, pienso que con alguna historia. Antes, cuando yo era niño, estaba llena de bares de prostitutas y ahora en ella hay galerías de arte y librerías de viejo. Al final de la calle, a la derecha, se encuentra la antigua universidad de derecho. En mis tiempos de estudiante, hacía ya muchos años que la habían convertido en rectorado de la universidad literaria. Y recuerdo que fue en primero de carrera cuando vino a Valencia el Ministro de Educación. En la facultad estábamos de protestas (no sé por qué, nunca me enteré). En realidad hacía menos de una semana que había empezado mis estudios universitarios y no me enteraba de nada. Entré entonces por primera vez en aquel edificio. Fue un día, en el que unos cuantos amigos y yo, capaces de protestar por cualquier causa desconocida, nos unimos a la manifestación que encontramos organizada a la puerta de nuestra nueva facultad. Muy acompañados, fuimos al rectorado a chillarle al señor ministro.

A la derecha del rectorado está la iglesia y el monasterio del Patriarca. Son monumento nacional, y es difícil sospecharlo. Desde fuera, solo se ve una enorme pared de ladrillo ennegrecida por los siglos.

Mi abuelo paterno, que era un perfecto caballero católico, se levantaba todas las mañanas a las seis, se duchaba con agua fría e iba a misa antes de ir al trabajo, precisamente a la iglesia del Patriarca. Alguna vez, después de haber tomado la primera comunión y en ese lance místico que me duró hasta los catorce años, o sea, un año y medio, acompañé a misa de domingo a mi abuelo. Recuerdo haber ido a aquella iglesia con él. Me sorprendía, y daba un poco de espanto, el caimán disecado que hay sobre la puerta de entrada al templo, en el zaguán que lo separa de la puerta exterior del edificio. De niño, entendía poco y mal todas estas cosas de nuestra Santa Madre Iglesia, Católica Apostólica y Romana, porque me espantaban la mayoría. Aquel caimán, terrorífico en la penumbra del zaguán, y debajo de él, ese par de pobres, pobre gente, cada uno con su cazoleta, enseñando alguna pierna mala, sarna o disformidad, para dar más pena. Mi madre me llevó también un día visitar el brazo momificado de San Vicente Ferrer que hay en la catedral, al fondo, detrás del altar, metido en una urna. La reliquia consiste en un bracito amojamado, que parece un jamón flaco y viejo, con los dedos muy finos, violentamente doblados por una suerte de artrosis, y llenos de anillos. A los diez años, el brazo me hizo poca gracia y de hecho creo que no comí jamón en un mes, porque me recordaba a la reliquia. A mi frágil imaginación infantil la atemorizaban todas aquellas cosas, esos santos martirizados, fritos, San Lorenzo, asaeteados, San Sebastián, decapitados, San Juan Bautista, huesos y muñones, tumbas bajos los pies, aquellas iglesias negras que olían a incienso, olor que llegué a asociar al olor de la muerte. Y aquellos Cristos crucificados que parecen sufrir aquí más que en otros lugares de Europa, esas vírgenes dolorosas, y alguna representación pictórica del juicio final que vi una vez en un libro.

En verdad, a mí, el caimán sobre la puerta de la iglesia no me gustaba. Aun así, después de la misa, le pregunté a mi abuelo:

-Y ese cocodrilo ¿qué hace ahí?

Mi abuelo me contó la leyenda. Me dijo que durante la riada (una que hubo en Valencia en los años 50), había salido del río Túria (un río que jamás contuvo caimanes). El caso es que el cocodrilo iba aterrorizando a la gente, las calles estaban anegadas por el agua, y por ahí nadaba el caimán. Hasta que un preso se ofreció a matar el bicho, a cambio de su libertad. Las autoridades le dieron el beneplácito, el preso se puso un traje de luces, "el traje de los toreros", especificó mi abuelo. Por efecto del brillo del sol en el traje, cegó al cocodrilo y lo mató, y obtuvo su libertad. Luego el cocodrilo lo disecaron y lo pusieron en la puerta de la iglesia. No se me olvida. Recuerdo todavía aquella historia, y la forma en que mi abuelo me la contó.



Hace poco, y bajo un calor de desmayo, crucé la calle de la Nave para ir a un sitio, después de haber ido antes a otro sitio, y debiendo ir luego a otro sitio más. A la vuelta vi que estaba abierta la puerta del monasterio del Patriarca. Entré buscando sombra, y encontré a un señor mayor muy afable que me preguntó si quería un ticket para entrar al museo.

-¿ Al museo?

-Son cien pesetas.

Me pareció muy barato, y compré un ticket. Hacía fresco en ese lugar.

Aquel señor me acompañó hasta la puerta del claustro y pensé que iba a hacerme de guía. Por cien pesetas me pareció abusivo que el hombre se molestara en explicarme el museo, y le hice un gesto intentando significar que ya me valía solo, que no se preocupara.

Pero el hombre me abrió la puerta del claustro y me dijo que todas aquellas columnas que veía las habían traído de Génova. "Mármol de una pieza, cada una", dijo, que el edificio era del siglo XVI y de estilo renacentista, Las paredes del claustro estaban adornadas, hasta media altura, con azulejos de Talavera de la Reina, y que en medio del patio, la estatua que veía, era la de San Juan de Ribera, el Patriarca, hecha por Benlliure.

Entonces me indicó una flecha, y la escalera que subía al museo.

-Allí ya está todo explicado.

Dije "gracias" y subí la escalera. Al entrar constaté que el museo no debía de haber conocido reforma alguna desde los años 60, como poco: luces de neón, etiquetas escritas a mano junto a los cuadros con la reseña del pintor y el nombre de la obra. Dos grandes salas, limpias, los muros grises, y los cuadros dispuestos de manera que parecía que no se habían comido mucho el tarro, "ahí está el clavo, pues ahí se queda".

Cuando me vi solo, dentro de aquella sala, pensé que podría tranquilamente rasgar un cuadro, enrollarlo, y llevarmelo escondido de cualquier manera, y que nadie se daría cuenta. No pensaba hacerlo, lo que me sorprendió, es que podía hacerlo.

Estuve un rato mirando y escuchando, y no vi a nadie, ni oí nada. "Es curioso", observé, "Aunque da gusto que se fíen de ti", pensé, en este mundo tan desconfiado. Por eso deduje que estaba bien ese museo pequeño, sin guardias de seguridad en cada sala, ni iluminación alógena perfecta, ni tanta ínfula, ni tanto mimo, ni tanta gaita.

Me gustó. Vi algunos cuadros buenos, junto a otros cuadros antiguos, pero malos, según mis exiguos criterios artísticos. Y tenían dos cuadros del Greco, "La adoración de los pastores", y "San Francisco y Fray León". En otra sala me quedé mirando mucho tiempo la "Nova Carta Urbis Planetaria", un mapa del mundo hecho en el siglo XVI que medía cerca de dos metros cuadrados, dibujado, supuse, con una infinita paciencia. Era un mapa de la leche, muy elegante, con una enorme rosa de los vientos, exquisitos pormenores topográficos, severos topónimos en latín, y dibujos de animales exóticos en su base. Lo mejor de todo es que se parecía mucho a los mapas actuales, puesto que los continentes tenían prácticamente la misma forma con la que hoy los representamos, y eso me sorprendió bastante. Hasta ese momento creía que en el siglo XVI no daban un palo al agua con eso de la geografía, cuando en realidad, constaté, sabían mucho.

No dejó de admirarme durante un buen rato ese mapa, con esos miles de nombres de ciudades, montes, mares y continentes, escritos en letras minúsculas, medianas, grandes, con florituras, dibujos de naves cruzando la mar océana, y otros adornos. Luego seguí la ronda y me paré un rato frente a un tríptico flamenco que representaba el prendimiento, juicio y crucifixión de Cristo, entre medieval y renacentista, lo catalogué, a ojo de buen cubero.

Sin embargo, el cuadro que más me llamó la atención era el retrato de una monja, Sor Margarita Agullana, pintado al estilo de los Zurbaranes y Riberas más trágicos, pero con poca mano. Era sobrecogedor, porque metía miedo. Representaba a la religiosa rezando, solo que parecía estar muerta, blanca como la tiza, en contraste con el traje, y el fondo, que eran de color negro. La cara demacrada, los ojos inquietantes y secos, la carne pálida, lívida, las manos juntas, pero yertas. La alegría de cualquier casa.

"Y los norteamericanos intentando todavía hacer cine de terror", pensé, cuando nosotros, desde el siglo XVI, con nuestra pintura sacra, ya habíamos explorado todos los camino estéticos de la ultratumba y las claves del horror, hasta dominar el género.



Salí contento de haber visitado el museo, dispuesto a volver otro día que me cogiese de camino, y me di una vuelta alrededor del claustro, con sus columnas de mármol de una pieza. Al salir, vi a aquel señor afable, que me dijo que ahora podía visitar la iglesia. Aduje que ya la conocía, le di las gracias y salí.

Pero en la calle, recordé lo del cocodrilo que había en la puerta, y la historia que me había contado mi abuelo en la época. Me giré y volví a entrar.

-Disculpe -dije, con tono de súbito y franco interés - ¿Y el cocodrilo ese que tienen en la puerta de la iglesia?

Aquel señor afable sonrió, y pareció agradarle mi interés.

-Es un caimán -me respondió.

A lo que yo a asentí con la cabeza, con ganas de saber a dónde nos llevaba el caimán.

-Y hay una leyenda, y una historia de verdad. La leyenda -fue conciso- dice que apareció en la Huerta (las tierras de regadío que rodean Valencia), y que hubo un condenado a muerte en las Torres de Quart (las antiguas puertas de la ciudad que durante siglos sirvieron de prisión) que se ofreció a matarlo a cambio de su libertad. Este hombre se puso un traje hecho de espejos, y lo mató.

Me volvió a sonreír afablemente.

-Ahora la historia -prosiguió.

Me tenía intrigado.

-Pues la verdad es que fue San Juan de Ribera quien se lo hizo traer del Perú.

Dijo mirándome con grandes ojos, y añadió:

-Y lo puso en la puerta de la iglesia como símbolo de silencio, puesto que los caimanes, no tienen lengua.

-¡Carajo!